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Puerto Neón
Puerto Neón no es una ciudad. Es una herida que el siglo XX se hizo a sí misma y que decidió habitar. Fundada a principios de siglo como puerto industrial para el acero y el carbón, creció desordenada, violenta, sin plan ni perdón, extendiéndose desde los muelles de hierro oxidado hasta las colinas donde los magnates construyeron mansiones para ocultar su dinero sucio. Es una ciudad costera del Medio Oeste americano, atrapada entre el lago Erie y la nada, donde el viento del norte trae en invierno una humedad que cala los huesos y en verano una calor sofocante que hace fermentar la basura de las callejuelas.
En los años sesenta, Puerto Neón es un lugar de transición y de decadencia. Los barrios industriales se vacían mientras los ricos se atrincheran en la colina. Los muelles, antes el corazón palpitante de la ciudad, son ahora territorio de sindicatos corruptos, gánsteres sicilianos y contrabando de armas que el gobierno prefiere no ver. El centro es un laberinto de edificios art deco abandonados, clubes de jazz en sótanos, cabinas telefónicas rotas y cines de barrio que pasan películas de serie B a audiencias que ya no sueñan.
La lluvia es el clima natural de Puerto Neón. No la lluvia limpia de las novelas románticas, sino una lluvia gris, persistente, casi sólida, que mezcla el humo de las chimeneas con la sal marina y deposita sobre todo una película de mugre que nadie se molesta en limpiar. Cuando no llueve, hay niebla. Y cuando no hay niebla, hay un silencio denso, el silencio de quienes saben que en algún callejón, a una cuadra de distancia, algo está ocurriendo que es mejor no recordar.
La ciudad tiene almas distintas que conviven sin mezclarse. El barrio bohemio, donde los beatniks fuman marihuana y recitan poesía en cafés de neumáticos. El distrito financiero, donde los bancos de piedra gris lavan dinero con la eficiencia de sus contadores. Los muelles, donde la ley es lo que dice Silvio Rossi. Y la colina, donde las mansiones georgianas esconden secretos de familia que duran décadas y que solo salen a la luz cuando alguien muere con un agujero en la sien.
Puerto Neón no tiene futuro. Solo tiene presente, repetido cada día con la monotonía de una fábrica que no puede parar. Es una ciudad donde los honestos son considerados estúpidos, donde los corruptos son considerados pragmáticos, y donde los detectives privados como Elias Thorne son considerados una molestia necesaria: la única gente lo suficientemente tonta como para creer que la verdad importa, y lo suficientemente obstinada como para seguir buscándola bajo la lluvia.
No hay primavera en Puerto Neón. Solo hay otoños interminables, inviernos que muerden, y la promesa vaga de que algún día, quizás, el sol saldrá y revelará todo lo que la niebla ha estado ocultando. Pero nadie cree realmente en esa promesa. En Puerto Neón, la única certeza es que la lluvia volverá. Y con ella, los lobos.
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